No es fácil escribir algo sobre la Navidad sin caer en la retórica o la banalidad. Entonces empiezo a entrar a propósito en tópicos, o presuntos tópicos, para orientarme en esta maraña e intentar salir de ella. La Navidad que viví de niño era una época muy esperada, tenía una ubicación bien definida de dos o tres semanas como máximo. La espera podía durar todo el año y ponerse en marcha en el último mes. Ahora, en nuestras ciudades y en la televisión se empieza desde mediados de octubre y se prolonga hasta finales de enero. Es como si todos los días fueran Navidad, pero no en el sentido del descubrimiento de un Dios que puede nacer en nuestros corazones todos los días. ¿De qué Navidad estamos hablando? Está la de la música sacra y la de los eslóganes pop; la Navidad de las obras escolares y la de los niños sin derechos; la Navidad de las cenas de empresa y la de los comedores sociales; la Navidad de las vacaciones y los viajes y la de los que huyen de la miseria y la guerra; la Navidad del último libro y la última película del ranking y la de la Palabra que es para siempre; la Navidad de las luces y los adornos y la de las ciudades golpeadas por los destellos de la guerra…
A la falta de anticipación se añade, para la mayoría, también la ausencia de un motivo preciso para la fiesta. El término inglés Christmas = Misa de Cristo conserva al menos una referencia directa al cumpleañero; el alemán Weihnachten subraya el carácter sagrado de las noches; las lenguas latinas con Navidad, Noel y Natale reducen lo que era la Nativitas Domini a un cumpleaños sin titular. Alguien ha propuesto introducir la Fiesta del Invierno, una especie de retorno a la antigua fiesta pagana del Sol Invictus, sustituida después por la Navidad a partir del siglo IV d.C.. Aquí la matriz pagana resurge de forma cada vez más evidente en los hechos, si no todavía en el nombre.
El trabajo lo completan los esforzados defensores de la "tradición" cristiana, o de las profundas raíces culturales de la Navidad. No sé si son cosas típicamente italianas, pero desde hace años se reaviva en las redes sociales y en los debates televisivos la polémica especiosa de los indignados de siempre: en tal colegio se ha prohibido el belén porque es discriminatorio… censuran y cambian la letra de los villancicos… estamos perdiendo nuestras tradiciones por culpa de la inmigración… El enemigo es siempre el mismo: acoger a los que son diferentes de nosotros nos hace olvidar quiénes somos. En cambio, se absuelve y fomenta la mercantilización de la Navidad como hecho comercial y turístico.
Para salir de la maraña propongo contemplar los brazos abiertos del niño Jesús, un primer pequeño abrazo de bienvenida dirigido a los presentes en ese momento y a cada uno de nosotros; más tarde serán los brazos abiertos de par en par del crucifijo, clavados en un abrazo sin fin y para todos. Esperemos, pues, este abrazo, dispongámonos a recibirlo, a corresponderlo y a darlo a nuestra vez.
Paolo Serafini, laico marista de Italia




