"Celebra cada Misa como si fuera tu primera Misa, tu última Misa, tu única Misa".
Estas palabras me acompañan (casi) cada vez que celebro la Misa. Me han ayudado a tomar conciencia del inmenso privilegio y responsabilidad que conlleva celebrar la Eucaristía. Muchas veces me he sentido profundamente conmovido por la gracia del momento, por la gente presente, por los niños que gritan o los bebés que lloran, porque todo es la presencia de Cristo: esos hombres y mujeres, esa iglesia, esos campos, esas montañas, la lluvia que cae, cada corazón, cada lágrima, cada alegría y cada dolor: todo forma el Cuerpo de Cristo. 42 años celebrando la Eucaristía: ¡momentos inolvidables, maravillosos, trágicos! Momentos en los que me sentía feliz de ser sacerdote y momentos en los que quería hacer más por esos enfermos, por esos niños discapacitados, por esos huérfanos o por esa viuda; momentos en los que no entendía que Dios me pedía ESTO y nada más. Momentos en los que me sentía el más afortunado de los hombres, bendecido mil veces por amigos, por familiares, incluso por desconocidos. Momentos maravillosos en los que intenté acercar a Cristo a los demás.
Quiero compartir con vosotros esas Misas, esos momentos en los que Cristo se hizo verdaderamente presente entre nosotros. Los comparto con un corazón agradecido y humilde. Sé que seréis capaces de mirar más allá del sacerdote para ver a Jesús, el Cristo, el Señor, el que me amó y se entregó por mí.
François Chauvet sm




